Derechos Reservados by G. Fogel

martes 15 de septiembre de 2009

¿Pensáste alguna vez en la vida?



María anida una vida ¿Y quién la duerme?
Tren se despereza y baja la barrera. Perro petiso de pelaje crespo que mira venir de lejos a María.
Desconcierto.
El pincel se detiene a mitad del trazo y laxo, alarga una “A” boquiabierta por la vidriera vacía del “Café de Mar”. Suspiro. María camina sin prisa, un pie, un paso, otro pie, otro paso, y las baldosas pelean por un poco de aire bajo sus pies de uvas. Un niño de rulos dorados la observa extasiado. Dos mentiras verdes se le llenan de cielo y estira las manos ¡Arriba! ¡Un poco más que casi la alcanza! Pero no. María se va, despacio, se aleja. Barca de vela por la vereda, María marea. Esquina que dobla angustiada y semáforo rojo que no cambia de color. No funciona más. Olvidó quién es, qué hace ahí parado. María resopla y cruza la avenida. ¿Y quién la escucha? Los diarios se preguntan a toda página, con fotos color y letras doble ancho ¿Quién lava su pelo? ¿Quién llora sus penas? Vestido revienta de sones y pezones, se le embebe al cuerpo, desaparece, bajo el tatuaje rosa de una mariposa que le besa y roza el hombro y el cuello, gozosa y graciosa con cada aleteo.
Mediodía.
Melodías de relojes que saltan de las muñecas y se arrancan las agujas sin importarles un pito de horas o minutos. María respira ¿Y quién le escribe? “Mueca de dolor hace impacto en rostro de edificio público”…Es que no se acostumbran latidos tan intensos.
María suda una canción sencilla. Canta por lo bajo con gotas de limón que guindan de sus cejas y se arrojan al asfalto sediento de su risa. Calor y panza, María, redonda de nube, se agita y descansa ¿Y quién la sueña? María, pestañas de sal, se desprende la blusa y las sombrillas del bar se vuelven rubios y orondos girasoles. Las calles del barrio son todas a contramano y una bandada de gorriones se estampa contra el toldo de una heladería. Silencio.
María está inmóvil. Atenta.
Escucha.
Autos que contienen la respiración.
Sirenas de barcos que se muerden la lengua.
Sol ni se mueve ¿Y quién la espera? María tose ¡Ay…! y el agua le brota:
Cántaro.
Fuente.
Canilla.

Mar.

Llora María. Se agacha. Se toca. Se sienta en el suelo, de espaldas a Kiosco y cierra los ojos. Cuenta uno, dos, cinco, nueve, sopla y se estremece. En la cuadra hay un naranjo por cada contracción y el aire se prenda de un aroma a cítrico ¿Y quién la besa? María, los ojos abiertos, retuerce los dedos y Cartel de cine se tapa la boca ¡Sopla María! Diosa de pan. Virgen de espejos. Mochila de alas. ¡Milagro! ¡Milagro! Suenan las bocinas del estacionamiento y festejan a viva voz los cajeros automáticos. Las señales de tránsito se palmean las espaldas y miran al niño que abraza María ¿Y quién la cuida? María aprieta, sonríe. Sueña. Limpia con un pañuelo la carita pequeña y besa la nariz apenas diminuta ¡Alto! ¡Cuidado! (Peligro de afecto) La ciudad se calla.Las señales de tránsito desvían la mirada y los gorriones sacuden las alas para retomar el vuelo. El semáforo se calza la gorra y verde coliflor, se lleva los autos a toda prisa.
La tarde se margina de a poco y envejece.

Prudente, sol carraspea un poco, se adelanta dos pasos, se peina los rayos con disimulo y se va, silbando, las manos atrás, con disimulo, un tango del que nunca recuerda la letra.

¿Y quien la ve?
Nadie.


PD: Dedicado a Cacho de Pan

jueves 3 de septiembre de 2009

Luvia de flores


Lluvia de flores


En un pueblo pequeño, al sur del río grande, una tarde de agosto comenzaron a llover flores.

Primero la tormenta oscureció el cielo, luego empezó a soplar un viento helado y las nubes chocaron entre sí, haciendo estallar relámpagos que iluminaban los vidrios de las casas. Los hombres corrieron a refugiarse bajo los aleros y las mujeres se cubrían el peinado con bolsos y carteras. Los caballos relinchaban y daban patadas en la tierra y los perros ladraban a las copas de los árboles. En menos de un minuto no quedó nadie en la calle, sólo Ezequiel, el hijo del panadero, un niño de seis años mirando el cielo y que fue el primero al que le cayó una flor en la cabeza. Una azucena. Luego otra a sus pies y dos más, un clavel del aire sobre el parabrisas de un taxi y decenas de rosas blancas y rojas cayendo sobre el asfalto, la vereda y los techos de las casas. Pronto eran miles las flores que caían lenta y silenciosamente, deshaciéndose en explosiones de luz multicolor, cubriendo el suelo con una suave alfombra de pétalos amarillos, blancos, rojos y violetas.

Poco a poco las personas se fueron reuniendo bajo esa extraña lluvia de jazmines y camelias. Los más jóvenes se arrojaban entre si puñados de margaritas y nomeolvides, los más viejos se quitaban las gorras y se miraban extrañados unos a otros, moviendo la cabeza, mientras las abuelas recogían las flores del suelo y llenaban sus canastas de mimbre con gladiolos y geranios, malvones y azaleas...

Todos en el pueblo reían y se abrazaban sin comprender lo que estaba sucediendo, felices por tan insólita lluvia, inocentes y ajenos a cualquier desgracia, hasta que cayó del cielo la primera maceta. Esa tarde murieron en el pueblo trecientas cuarenta y seis personas.

Nadie les llevó jamás una sola flor.

lunes 6 de julio de 2009

El Dios de Hans


El Dios de Hans


Hans Shulze sostiene contra su pecho una escopeta recortada y aprieta con fuerza las manos y los dientes. A su alrededor, las balas se deslizan zumbando unas y golpeando contra el muro las otras, rebotando aquí y allá en lo negro del asfalto, levantando pequeños trozos de cemento y piedra que hacen tanto o más daño que las balas .

…Dios, Dios del cielo, por favor te lo pido, sálvame de esto, no dejes que muera aquí, por favor, quiero volver a casa.

La sirena de una ambulancia incendiada a pocos metros deja de sonar, luego explota y una lluvia de vidrios y acero pasa por encima de Hans y su cabeza. Una mujer grita, o puede que fuera un niño, tal vez. Hans se persigna y siente que las lágrimas le mojan las manos.

…Dios, no me dejes morir, seguiré tu palabra, siempre te alabaré. Seré bueno, seré honesto, seré fiel, pero por favor no me abandones, no dejes que me maten aquí. No dejes que me muera…

Entre los autos, dos muchachos de piel negra huyen como pueden del lugar, uno de ellos pierde bastante sangre, al otro le falta una pierna. De la ambulancia incendiada sube una columna de humo que llega hasta el cielo. A poco menos de ochenta metros, sobre un tanque de agua y con la visión reducida por el humo, un soldado desconocido apunta con su rifle a la calle, las manos sudorosas, la mirada puesta en el muro, mascando un chicle y buscando un blanco. Cuando lo encuentra, tira del gatillo y la cabeza de Hans se convierte en una enorme flor roja que salpica las botas y buena parte del muro. El soldado baja el rifle, escupe el chicle contra el suelo y se persigna.

…Gracias Dios del cielo, gracia, por sostener mi pulso y cuidar de mi vida.

martes 23 de junio de 2009

cuentos al contado: El mundo se puede estar perdiendo un gran escritor, pensalo

cuentos al contado: El mundo se puede estar perdiendo un gran escritor, pensalo

viernes 29 de mayo de 2009

Eucaristia



Eucaristía




"Comed y bebed todos de él", dijo, y puso su cuerpo sobre la mesa: Lo que está pasando es simplemente increíble. Me tiemblan las manos. Sencillamente, no lo puedo creer. Los muros reprimen el impulso de arrojarse sobre mis espaldas y el lamento de una ocarina se expande en mi cabeza como el viento del desierto. El diablo es astuto y disfruta de momentos como éste, se despereza felino en mi estómago y trepa por mi garganta hasta quedar atorado allí, casi un grito, una espina. Para dominar el miedo, inhalo profundamente hasta llenar por completo los pulmones y luego cierro los ojos y contengo la respiración, (uno, dos, cinco, trece, veinte, …luego exhalo. Me siento enfermo, empapado en un sudor frío que precede al desmayo, a las náuseas.
-Tengo que irme-, me disculpo. Mi voz suena extraña entre las risas y el chocar de jarros. Una mano ancha y callosa me toma de un hombro, < ¿Adonde vas tan temprano? No te vayas, quédate a compartir la cena con nosotros> Simón me agrada, definitivamente es el mejor de nosotros. El más honesto, el más leal, siempre preocupado por mantenernos unidos, con su sonrisa franca y la mirada noble, Simón bebe a borbotones un vino oscuro y áspero que derrama sin cuidado sobre su tórax de pescador. , miento, . Una joven de tez muy blanca y cabellos negros hasta la cintura, de las que nos siguen para todas partes y nunca saldrán en pintura alguna, se cuelga de mí cuello, adormilada por el humo y el vino, hasta casi ahorcarme con su abrazo, ofreciéndose ella misma en pago por pecados que esta noche no estoy dispuesto a cometer.

No es noche de placeres para mí, sino de obligaciones.

Todos ríen, despreocupados y felices. Yo me apresuro inquieto, y siento como me engañan mis sentidos. Escucho ruido de metales y rebuznar de asnos a mí alrededor, pero sólo veo a Lucas, hablando con palabras que no alcanzo a entender, ilusiones sobre un mundo donde todos seamos iguales. Retrocedo y busco la salida. La luna de marzo se empecina en entrar por el único ventanuco abierto donde la luz se desliza como una serpiente ciega y herida de muerte. Cuesta respirar con tanto incienso y mirra, me siento aturdido, asqueado, intento no pisar a nadie cuando salgo, pero tropiezo con Esteban, que duerme le embriaguez de los justos, y acabo de cara al suelo, cómplice de mi propia vergüenza, besando sin quererlo hacer, el cuero de una sandalia que roza mí orgullo con un gesto de indolencia. Levanto la vista desde el piso y me encuentro con sus ojos, impenetrables ojos, dos piedras de obsidiana que reflejan los míos, como de agua, flotando en una nube irreverente de incienso y patchouli. Él sonríe divertido, seguro de si mismo, , recostado en el regazo de María, impecable y luminoso como un rey, alimentando a un perro de la calle con restos de cordero.

Lo amo tanto.

Lo amo tanto como le temo. Camino junto a él desde hace un año, cuando se acercó a mí, sediento y cansado, seguido por un par de pescadores y mendigos, y no dijo una palabra. Delgado como una vara, solo se sentó a mí lado, bajo la sombra del mismo parral donde yo estaba, y se quedó un largo rato callado, observando las hormigas arrastrar su pesada carga de troncos y hojas, como cavilando en futuras promesas que debería cumplir. Cuando se levantó, en silencio aún, apenas si murmuró, , y me fui con él, sin más. Aun lo sigo sin saber si le he sido útil de algún modo, y sin poder decir con exactitud cuál de los dos está más loco, si él con su confianza ciega o yo, que no la tengo ni espero tenerla nunca. Al otro extremo de la mesa, Juan me observa con una mirada que destila desconfianza, levanta la copa hasta su frente y me saluda, , y sé muy bien que es así. En la puerta, un grupo de mendigos se aprietan contra la puerta y estorban la salida. digo, sin dirigirme a nadie en particular, y tomo mi morral para salir de allí, abandonar ese lugar tan rápido como pueda.

Afuera me esperan.

Es tarde ya, y la noche se apresura en tomar decisiones que la mañana aguarda de manera impaciente. Me oculto entre las casa, huyendo hacia lo profundo de mi mismo. Perdiéndome en una maraña de dudas y certezas. Ellos no confían en mí, y los comprendo, nadie lo hace, mis amigos no lo hacen y mis enemigos tampoco, puedo verlo en sus ojos cuando me hablan, en sus rostros adustos, sinceros, en sus manos cerradas, tensas, hombres con cicatrices en la piel que llevan con orgullo la amistad, que defienden el honor, la moral, que se protegen ahora en las sombras de la noche, para evitar la claridad que obligue al brillo del metal, con las armas listas y la respiración alterada, con los escudos en alto, las rodillas flexionadas, la mirada atenta, soldados que esperan una señal para atacar, y que murmuran por lo bajo la suerte del poeta, la estupidez del hombre, la vanidad del santo.

Terminada la cena, los ánimos se dispersan. Un grupo pequeño de amigos deja la casa: no son más de diez, incluidas un par de mujeres que no alcanzo a reconocer y que a nadie importan. Me aseguro de ver que él se encuentre entre ellos. Los sigo de lejos, los observo con curiosidad, si no los conociera, diría que son un grupo de amigos regresando de una juerga, apoyándose los unos en los otros, lamiéndose las heridas, vencidos ya, sin haber presentado batalla, yendo hasta un huerto cercano a dormir, donde hasta hace poco tiempo solíamos reunirnos para acampar y pasar las noches, entre cansados y felices, soñando con los milagros que veríamos al nuevo día.
Hace frío y con muy poca fe, entre toses y humo de ramas de olivo demasiado tempranas para arder, Andrés intenta encender un fuego pobre y desganado, que apenas muerde con sus llamas la oscuridad de la noche. Los veo dormir y me estremezco, si el Sol tuviera conciencia de los planes divinos, quizás esta noche duraría para siempre…

La niebla se espesa y apuro el paso. Es tiempo de cambiar la historia. Una orden silbada por el oficial al mando y los guardias patean a la chusma buscando una respuesta. < ¿Dónde está?>, < ¿Quién es el que se llama a si mismo, Rey de los Judíos? Nadie responde. Nadie habla. Nadie intenta defenderse. No saben luchar. No comprenden que sucede, no hay espadas llameantes ni voces en el cielo. Tienen miedo, y con justa razón. Son corderos en un mundo de lobos, y es difícil creer que puedan sobrevivir una noche más. Me adelanto unos pasos, ahora sin dudas, ya acercándome al grupo, seguro del destino que me espera, cuando veo a alguien que se pone de pie y se proclama a si mismo, ¡Soy yo!, gritando su nombre a viva voz, y todos se detienen. En medio de los soldados, parece más alto que de costumbre, la túnica blanca de sal, las piernas delgadas de andar por piedras y caminos, las sandalias cubiertas de barro, los ojos limpios, las manos cansadas. La frente en alto y sin coronas, buscándome con la mirada, sabiendo que estoy allí, en algún lugar, oculto, hasta que me ve y se sonríe, seguro como siempre, perfecto como un sol, y sin dejar de mirarme, sin quitarme los ojos de encima, desenvaina su espada y de un golpe exacto y divino como él, corta la oreja del soldado que lo tenía sujeto. El grito del hombre se confunde con el mío, la sangre los baña ambos, Es la señal que tanto esperaba, el tomar las armas y luchar, dejar de ser corderos para ser hombres, entonces corro y me abalanzo hacia los soldados en un intento desesperado por detenerlos, por interponer mi cuerpo como escudo, pero no llego a tiempo. Once lanzas se me adelantan y lo atraviesan indefenso, con los brazos extendidas y las palmas abiertas, los ojos llenos de cielo, la sonrisa en el rostro, alcanzando la eternidad en un sordo vuelo ensangrentado.

Un segundo después, muere de pie, sostenido por el peso de su propio cuerpo contra el mío.

A su lado, Simón Pedro me mira y yo comprendo ahora, rendido ante la evidencia, que todo estaba previsto desde un principio. Recojo las treinta monedas del suelo, aplastado por el peso de mis lágrimas, y me acerco hasta él, tomo su cara entre mis manos y beso su mejilla en señal de respeto, y para cumplir además con un contrato que nunca debí aceptar…

En algún lugar del cielo, Padre e Hijo festejan y se dan la mano.

martes 28 de abril de 2009

La abuela Helena

LA ABUELA HELENA



Helena nace un primero de julio, camino al hospital Inter-zonal Juan Domingo Perón y llega despierta, despeinada y con los ojitos bien abiertos, venteando el aire con un botón rosado por nariz. Diez meses después, extiende los límites de su universo por toda la cocina con sus pasos de hada, al año ya es difícil darle alcance. Helena es un puente sobre el mundo: huesos largos y livianos, un tenso encordado de músculos, amplios pulmones que la elevan cómo un zeppelín y un corazón explosivo y alegre. Enérgica y saludable, tiene la estructura perfecta, dicen los médicos ¡Si tuviera alas, podría volar! , dicen sus padres ¡Tiene un cuete en el culo!, dicen sus abuelos…
A los cuatro años, camino al “Kindergarten”, su madre alarga los pasos para llevarla de la mano y de a momentos tiene que apurarse y trotar, para no caerse. La pequeña Helena se ríe del paso torpe y desgarbado de su madre, le da vueltas alrededor con los brazos abiertos, como si volara, y persigue la cola de un gato blanco y gordo que huye desesperado cuando la ve acercarse.
Helena corre y crece al mismo tiempo. Corre y cumple seis años cuando Martín pasa a cuarto grado y juegan a ver quién llega primero hasta el almacén del abuelo Fermín sin cruzar la calle, corre y es una nube que se evapora bajo el cielo de marzo y en la escuela Helena por el patio vuela con el sol de primer grado en los ojos azules y un chocolatín “Milkibar” en el bolsillo, en segundo grado lleva trenzas atadas con un moño azul y en tercer grado ya Martín y sus amigos no pueden atraparla. A los diez años su padre le regala un bolso azul con tiras blancas y Helena comienza a correr de manera profesional, lunes, miércoles y viernes, dos horas por día, corre Helena y repasa mentalmente las lecciones de ingles y los ríos de Europa mientras flexiona las piernas y escupe chicles con sudor a menta, una muchacha virgen y excitada que corre por el parque San Martín y devora sangre y metros a grandes trancos espaciados, a bocanadas, con los brazos en danza a través del viento y los pies en el aire, Helena, siempre en el aire, en eterno vuelo como monedas que apenas rozan la grava ya saltan y rebotan otra vez hasta tocar el cielo, sus pies de ángel, un insulto que se repite a la cada paso que Helena da contra un Dios tan torpe como la muerte, tan lejana y ajena que Helena es un pájaro azul con zapatillas “flecha”, un dardo dorado y con trenzas, un velero en alta mar, un gigante, y en cada paso los dedos que vuelan y el aire que ruge en su cabeza, todo es un prodigio que ella bebe directo de la fuente donde se apaga la adolescencia como una braza y tropieza a ciegas con las preguntas sin respuestas y con los miedos sin rostro, y corre Helena sin saber hacia donde, con la única idea de correr y correr hasta quedar sorda de cansancio, hasta no escuchar más nada y a nadie, hasta que el sol no es más que una mancha roja en sus retinas, hasta que la sombra trémula de un bote en el lago Parque Peña a las seis de la tarde, en un atardecer sereno detrás de los árboles, hasta que un abeto susurrante y viejo hasta las lágrimas le perdona los pasos, hasta que un segundo más tarde el llanto no le deja ver nada.

A los doce años, Helena gana los cien metros llanos en los torneos Bonaerenses, un trofeo con su nombre y el permiso para salir a bailar en la matinée de los viernes. A los trece se le afirma el vientre y le florecen un par de pezones como perlas que ciegan la voluntad de los varones y sumergen a sus maestros más viejos en una profunda melancolía. A los catorce desayuna pan de salvado con miel y cena chicos rubios o morenos con sabor a poco, y por supuesto corre, corre Helena y crece por la vida como un cometa por el cielo, con la cola ondulando detrás de una sonrisa y con la nariz alerta y respingada, a los dieciséis años gana por primera vez en los Juegos Panamericanos y rompe el record femenino de los cuatrocientos metros, Helena, y le trae a Martín la medalla de oro y se casa con Lucas, su novio nuevo que estudia turismo y es mucho más alto y atrevido que todos los demás que tuvo Helena, joven, bella, extrovertida, que ama a sus padres y amigos y les promete serles fiel a todos ellos de lunes a viernes, ni un solo día de más, y todos la aman igual que se ama al aire o a la música y Helena se deshace entre abrazos y cintas de llegada, se opera la nariz y las orejas para ser más aerodinámica y toma vitaminas con calcio y magnesio para mantenerse elástica y fuerte, se inyecta testosterona para el tono muscular y duerme diez horas por día para reponer el oxígeno en la sangre, Helena, corre y se esfuerza mucho para ganar y hasta guarda una estampita de la santa “Gilda” entre su ropa interior para tener algo más de suerte, Helena, pero por más que lo intenta, y no es que lo intenta poco, no logra alcanzar la meta de su vida, el ideal de sus padres, el sueño de sus abuelos, Helena no puede quedar embarazada, y Helena quiere ser madre, como la suya, y mientras corre sueña y su sueño la lleva a irse lejos, muy lejos, más allá del barrio “La Perla” y del almacén del abuelo Fermín, lejos donde sueña Helena y llega hasta las tierras del Brasil, donde se compra una casa blanca con pisos de lajas negra, un perro de aguas tonto y que corre tan mal que le causa risa y se compra también un niñito frágil y de cabello rubio, con pequeñas manitas negras y ensortijadas que apenas se asoman fuera de la cuna ya se apresura Helena en alzarlo y cubrirlo de besos y de abrazos a su chiquito, un lugar donde el tiempo pasa sin prisa, dedicado a observar como la luz entra por la ventana y dibuja con esmero los pómulos marcados del niño, el borde partido de sus labios, las primeras arrugas en los pies del pequeño Joao, y Helena es tan feliz que no quiere volver a correr nunca más, quiere quedarse y ver crecer al pequeño Joao pero los pies se le incendian si se queda quieta y Helena sabe que una madre joven se puede arrepentir de haber vendido a su hijo por quinientos reales, lo sabe y huye Helena y se escapa con el niño, y corre mejor que nunca, un año tras el otro, de un lugar a otro, y gana el triatlón “Angra dos Reis” los Panamericanos del 63 y le crece el dinero hasta bajo las axilas y se venden remeras y zapatillas con su nombre y Helena corre y corre para proteger al niño que es el único trofeo que no quiere perder, pero con correr no basta y el jurado la alcanza un día en “Villa Anita” y corta en dos a Helena con una hoja de papel que devuelve al pequeño Joao con su madre natural, su joven madre casi hermana, su verdadera y única madre y Helena siente que se desangra lentamente por el hueco que le crece entre las dos mitades de su alma y hace lo único que aprendió a hacer en su vida, y corre. Corre Helena por calles de piedra que le queman los pies, corre por playas de luna con caracoles oxidados y estrellas de mar dormidas en la arena, corre por cielos húmedos de rondas cariocas y batucadas y corre para atrás en el tiempo, desandando el camino hasta que tiene siete años y aprieta una flor pinchuda entre los dedos y un beso áspero en la mejilla y sigue corriendo hacia atrás, y corre hasta que Lucas se va porque ella nunca lo respetó como hombre y Martín decide que España es la tierra prometida y la deja sola y sin amigos, y sigue corriendo por el tiempo hasta que muere su padre que tanto la cuidaba y muere su madre que nunca la perdonó por correr toda su vida, su única pasión, y corre Helena más lejos aún, corre hasta notar que sus pies ya no rebotan contra el suelo sino que apenas se arrastran en cada paso un poco más, un poco más, y sigue corriendo hasta que llega a su cuarto de Bahía, hasta que se olvida de soñar y de comer y de dormir y se obliga a tomar pastillas y alcohol para cerrar poder cerrar los ojos y seguir corriendo, Helena, corre y empieza a fumar en vez de respirar y a cambiar los muebles por comida y la comida por sexo y corre más y más hasta llegar tan lejos como fuera posible y sentir que los pies se le secan como uvas y se le caen las manos y se queda sin aire y se queda sin voz de tanto correr y de tanto llorar que ya no puede respirar más y un día cualquiera, después de setenta años de correr y correr sin ningún descanso, la abuela Helena se alcanzó a si misma, se abrazó con fuerza, se sentó en un rincón alejado de la luz, con el cabello blanco y la cabeza a oscuras y nunca, nunca más se volvió a poner de pie.

En memoria de la abuela Helena
<01/07/1938>
“El último latido se lo llevó el viento”

por G. FOGEL