
..., y corríamos en el aire, casi volando, las flores de los cardos nos lastimaban los pies. Reíamos, cantábamos, gritábamos abrazados por el cuello, tomados de las manos, de la nariz, sostenidos por el grueso de un cabello. Libres, pero sin soltarnos nunca. Siempre unidos, juntos. Rodando por el pasto, entre las sábanas, debajo del agua. Ahogados por el llanto, Atados por las lenguas, las piernas enlazadas. Quemándonos la piel.
Diluyendo nuestras voces, en un precipitado de palabras.
Perdiendo las orejas.
Mordiéndonos los pies, los párpados…
Quitándonos las penas con caricias.
Mojando.
Besando.
Bebiéndonos con avidez el alma. Rascándonos espalda contra espalda, hasta gemir.
Diluyendo nuestras voces, en un precipitado de palabras.
Perdiendo las orejas.
Mordiéndonos los pies, los párpados…
Quitándonos las penas con caricias.
Mojando.
Besando.
Bebiéndonos con avidez el alma. Rascándonos espalda contra espalda, hasta gemir.
Hasta hacernos sangrar.
Hasta dolernos.
Hasta quedar carne sobre carne, vernos el blanco de los huesos.
Borrarnos los sueños, la memoria, quitar del corazón cualquier recuerdo.
Perdernos, hasta empezar de cero….
Hasta olvidar.
“Y yo, que no tenía previsto andar,
que nunca tuve senda
lejos de mi huella,
descubro que he sido arrojado al mar,
lanzado, como piedra a las estrellas.”
Hasta dolernos.
Hasta quedar carne sobre carne, vernos el blanco de los huesos.
Borrarnos los sueños, la memoria, quitar del corazón cualquier recuerdo.
Perdernos, hasta empezar de cero….
Hasta olvidar.
“Y yo, que no tenía previsto andar,
que nunca tuve senda
lejos de mi huella,
descubro que he sido arrojado al mar,
lanzado, como piedra a las estrellas.”